Cuando el coronavirus nos hizo descubrir que somos viejos

Cuando el coronavirus nos hizo descubrir que somos viejos

Ahora que todo ha terminado, podemos admitirlo: nos hab√≠amos enga√Īado a nosotros mismos pensando que pod√≠amos seguir siendo j√≥venes con la √ļnica fuerza de voluntad. Y si no realmente joven, al menos juvenil: bastaba con exhibir indiferencia hacia la edad, usar un guardarropa dise√Īado para personas de la mitad de nuestra edad y tener una lista de reproducci√≥n de compositores independientes para tararear cuando fuera necesario.

‚ÄúLa edad es solo un n√ļmero‚ÄĚ repetimos como mantra cuando nos dimos cuenta de que hab√≠amos llegado al de nuestros abuelos cuando ya eran mayores. Nosotros, que hab√≠amos crecido sabiendo que 'se necesita ciencia, se necesita constancia para envejecer sin madurez' no nos reconocimos en la seria edad adulta de nuestras madres y alardeamos de irreverencia para reafirmar la condici√≥n de eterna juventud. Incluso inventamos un neologismo genial: Perenne - para subrayar c√≥mo la energ√≠a y la planificaci√≥n de la juventud no se desvanecen con la edad, solo se dirigen mejor.

Esta negaci√≥n de la edad trajo consigo algunas desventajas: la tendencia a percibir a todos como pares (apreciada solo por los ancianos); el de avergonzar a los interlocutores (¬Ņcu√°ntas veces nos hemos definido como ‚Äúchicas‚ÄĚ con absoluta convicci√≥n?); Por √ļltimo, pero no menos importante, la renuencia a pasar el testigo a los realmente j√≥venes, releg√°ndolos a un humillante papel de espera.

Pero entonces lleg√≥ Covid y de repente la prioridad ya no era enga√Īar a la √©poca, sino reconocerla y aceptar su fragilidad. Y aqu√≠ es donde vino la sorpresa: no fueron las plantas perennes las que sintieron el pellizco.

‚ÄúVarios varones italianos descubrieron su edad durante la emergencia de Covid, en un momento preciso. El momento fue ese d√≠a de abril en que se indic√≥ en sesenta a√Īos. Casi ninguno de los mayores de 60 que conozco se hab√≠a dado cuenta de que era un anciano ‚ÄĚ, escribi√≥ la periodista Flavia Perina en un divertido post que provoc√≥ reacciones de enojo o diversi√≥n seg√ļn el g√©nero.

El caso es que las mujeres siempre hemos estado acostumbradas a la vejez y las formas de camuflarla. Sabemos que nuestra belleza est√° muy relacionada con la juventud y que despu√©s de pasar las columnas de H√©rcules a los cuarenta a√Īos solo podemos aspirar a sentirnos bellos a pesar de nuestra edad. Afrontamos el cambio decimal con la serenidad con la que Atreyu pasa bajo las esfinges y si somos vagas hay menopausia, hay pa√Īales para mujer, cremas antiarrugas, pegamento para dentaduras postizas, gel para la sequedad vaginal, un Recu√©rdanos ser objetiva e irremediablemente ancianos.

Pues Covid nos ha obligado a deponer las armas: podemos dejar de fingir, la realidad es que somos viejos, somos frágiles, estamos en riesgo. Que liberacion para reconocerlo, qué maravilloso es no tener que lidiar más con la turgencia de Jennifer Lopez, qué reconfortante es escapar del juicio del mundo que se necesitaría un poco menos flácido y un poco más atrevido.
Seis meses fueron suficientes para volcar paradigmas y expectativas, ahora está bien que simplemente nos encontremos vivos y sanos y si las ansiedades que hemos dejado atrás han hecho aparecer algunas nuevas arrugas, todavía queda la máscara para ocultarlo todo.

Somos ancianos por decreto ministerial y somos testigos de la consternaci√≥n de nuestros compa√Īeros con empat√≠a. Hab√≠an cre√≠do en el adagio de que el tiempo envejece a las mujeres y hace encantadores a los hombres; les dejamos creer pero, en nuestro coraz√≥n, siempre supimos que despu√©s de los 50 es m√°s f√°cil para un nuevo pretendiente tener una mala dentadura que un buen trasero. Ellos tambi√©n se resignar√°n a la vejez, aprender√°n que enfrentarse a Brad Pitt o Monica Bellucci est√° ontol√≥gicamente mal y que todos podemos relajarnos con nuestros cuerpos magullados y caras arrugadas.

Anna Falchi, un √≠cono sexy de los 90 llamada para liderar un programa sobre la tercera edad se ha rendido ("En mi horizonte est√° eso, no puedo volver atr√°s. No persigo a la juventud a toda costa"), se rindi√≥ Heather Par√≠s quien desde su cuenta de Instagram da una lecci√≥n de sabidur√≠a a quienes sienten l√°stima por su juventud perdida ("Tengo sesenta a√Īos y la belleza de la juventud no me pertenece. Pero, desde el principio, decid√≠ que no la perseguir√≠a a toda costa "). Nosotros tambi√©n, j√≥venes durante demasiado tiempo, podemos entregarnos y mimar la vejez como un buen refugio para protegernos de las pandemias, recuperar el aliento, pasar el testigo a las nuevas generaciones. Y tarareando √©xitos de los ochenta, tal vez.

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